Making Of - Fisiología de una cita abocada al fracaso

Me dirigí a la cita con ¿Míster Perfecto? de buen talante. Estaba nerviosísima y me sentía previamente desilusionada con él, por lo que no sabía cómo actuar. El papel de femme fatale lo tengo muy aprendido, pero con él quise comportarme con toda la naturalidad posible, no utilizando esfuerzos infructuosos en seducirle de manera evidente, para evitar que tuviera la oportunidad de dejarme cortada de nuevo.

No estaba revistiéndome con la coraza del no-me-hagas-daño, simplemente no quería ser demasiado precipitada en mis acciones. No hacerle creer que me lo quería llevar a la cama la primera noche o que quería engatusarlo para que perdiese su libertad varonil conmigo y para siempre. Be natural, ese fue mi lema.

Deseo y decepción

Sin embargo, mi lema no era compatible con el suyo: actuar de la manera más desconcertante posible para dejar perdida a tu cita. Comportarse unas veces como un seductor interesado en ti y otras como una estrella prepotente de mirada gélida no es lo que se espera de una persona con la que- en un principio- estabas predispuesta a llevarte bien.

Sí, ahora resulta que Míster perfecto es bipolar, o algo parecido. Podría entender que estuviera nervioso- a mí de camino al restaurante me temblaban las piernas y no por los taconazos-, pero sé que no puede usar ese alegato porque su seguridad en sí mismo me perturbaba. Su presencia , en ocasiones, minaba a la mía.

La cena consistió en el ensalzo de su persona, intentando pescarme de vez en cuando con caramelitos de atención, disfrazados en seducción física. Su propuesta era la siguiente: era consciente de mi valor, pero también de que lo mejor que me podía pasar esa noche era cenar con él.

El descubrimiento de Míster Prepotente

Ya me lo indicaron sus aplazamientos de cita por teléfono, su agenda en la que yo no tenía cabida… Lo sospechaba desde hace tiempo: Míster Perfecto es Míster prepotente.

Que conste que una de las cosas que más valoro en un hombre es la autoestima. Es lo que hace actuar a una persona de forma natural, atrayendo- sin necesidad de pretenderlo- a otras personas.

Todo en su justa medida. Yo pecaría de muchas cosas aquella noche- no lo niego-, pero no fue de excesos.

¿Resultado? Me despedí de él con la sensación de que él creía a pies juntillas que la cita había sido un éxito. Yo, por mi parte, estaba demasiado estupefacta como para convencerlo de lo contrario. El tiempo dirá lo que debe venir.

¿Creéis que volverá a llamarme?

El viernes tengo una cita con vosotros (con o sin Míster Perfecto).

Así empezó todo: Making of