Existe, sí; pero sufrirlo en tu propia piel no tiene nada que ver. Que ¿de qué hablo? De ese hombre que un día se aburría en su casa y decidió crear una serie de leyes: ¡las leyes de Murphy! Viene a decir, más o menos, que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla. ¿Sabéis de qué os hablo, no? Estoy segura de que sí.
Cuanto más quieres que un tío pase de ti y que el “te llamaré” típico no se cumpla, más sucede lo contrario, ¡ley de Murphy!. Dispuesta a olvidarme de mi cita del miércoles con ese trasero memorable, esos ojos, esa sonrisa, ese atractivo que quitaría el hipo a cualquiera, ese… -vamos, a olvidarle-, recibo la perdida del viernes que tanto temía -pero no por ello menos deseada-.
Decidí no devolver la llamada pero, en mi ahínco por no mirar el móvil por milésima vez, tenía otra por la tarde. ¿Por qué insiste tanto? ¡No hay quién les entienda! Finalmente tiré la casa por la ventana -es un poco exagerado pero en ese momento no sé qué me dominaba más, si el orgullo o la curiosidad- y le llamé.
La primera frase que salió por su boquita de miel fue “¿estás bien? Como estabas tan rara al final de la cena.., y es que no te he podido llamar antes”. Yo ya no sabía si estaba excitada por su voz sensual y esa labia que me había encandilado y encendido al mismo tiempo esa noche, sorprendida por esa preocupación de príncipe encantador que nunca había pensado que existiera o simplemente alucinando por la situación; pero ¿cómo me puede decir eso?
El fin de la llamada era quedar conmigo el sábado y sin darme cuenta solté un “¿pero no te ibas este finde?” Inmediatamente me di cuenta de que eso no me lo había dicho sino que lo había leído en su mensaje ¡Menuda metida de pata! Noté que dudó un momento pero debió de pensar que me lo había contado porque tranquilamente contestó que sus planes habían cambiado.
Ahí estaba yo, en un restaurante perfecto con mis taconazos de vértigo y mi mejor vestido. Sí, acepté; no sé ni cómo ni porqué pero acepté -maldita curiosidad-. Me repetí una y otra vez que a lo mejor estaba pensando mal y que de esto podría salir una bonita amistad, ¿no? ¡Mentira! Qué bien nos mentimos cuando queremos.
Todo era ideal de nuevo: risas, bromas, tenía conversación para todo… Por muy irreal que pareciera no podía decir lo contrario. Quería preguntarle por lo del mensaje pero no sabía cómo enlazarlo. Estaba claro que no le iba a decir directamente que había cogido su móvil por mero cotilleo para corroborar esa extraña perfección. ¡Venga Rebecca, coge al toro por los cuernos! No era la mejor frase para ese momento, pero me animó.
Con mi mejor dulzura le confesé que era demasiado bueno para ser real y le pregunté de frente que si tenía novia. Sabía, por mi experiencia, que los hombres tenían una increíble capacidad para escabullir el bulto pero no sabía hasta qué punto lo tenía desarrollado él. Soltó una carcajada como si de una broma se tratase, cambió de tema sin darme cuenta -no me preguntéis cómo porque ni yo lo sé- y ¡yo le seguí la corriente como una idiota! ¡Madre mía! Pero, ¿qué te está pasando? Me recordé a esa niña inocente de hace años que creía en los cuentos de hadas y que no conocía la naturaleza masculina, justo hasta que llegó el impresentable sin nombre. Menos mal que desperté rápido del trance.
Después de varios intentos pero sin ningún resultado positivo desistí y simplemente disfruté de la velada -no sabéis lo que cansa estar todo el rato al acecho para aprovechar cualquier oportunidad-.
Al final de la noche me acompañó a casa -si es que encima de ser guapo es caballeroso- y en el momento de darnos los dos besos como “buenos amigos” me plantó un beso apasionado, lleno de fuerza y sensualidad. Me pilló tan desprevenida que me temblaron hasta las piernas -sin decir que me puso el cuerpo a 1000-. Con unas ganas increíbles de invitarle a casa, mi fuerza de voluntad pudo más y me fui, él tampoco es que insistiera -menos mal-.
¿Será que leí mal el mensaje? ¿No era para él? ¿Quizás no era su mujer sino una hermana o una prima? No paré de hacerme esas preguntas durante toda la noche mientras me masturbaba intentando bajar el calor que había provocado en mí ese simple beso.
¿Qué harías en momentos así? ¿Me confundí al leer el mensaje? No entiendo nada. Bueno nos vemos de nuevo aquí el viernes, a ver qué ocurre.
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Donde está el post del mensaje?!!
Si leer ese no se puede opinar…
Adelante!! Ya has intentado que sea sincero contigo, igual incluso lo ha sido ya. No pierdes nada por intentarlo, bueno sí, quizás al final decepcione… =)
Eso sí, ve con pies de plomo, no dejes que se gane tu corazón tan rápido como se ha ganado ser el prota de tus sueños eróticos!!
Si escurrió el bulto ante la pregunta, mal asunto… :$ Porque no te dijo que sí tuviera novia, pero tampoco te dijo que no… No sé, se ve que yo en estos temas soy de naturaleza más bien desconfiada.