¡Hola amigas! ¿Cómo estáis? Yo me siento muy serena ahora mismo, pero he pasado dos días bastante malos. Sinceramente, empecé a sentirme muy mal conmigo misma mientras escribía el post sobre el porno para mujeres. Al principio del texto os hablaba de los tabúes, de cómo los odio y de cómo la naturalidad evita multitud de frustraciones y sufrimientos.

Pues bien, a lo largo de mi vida ha habido algo que me ha costado aceptar y, sobre todo, expresar. El miedo al rechazo y a la discriminación ha jugado en mi contra y ha hecho que, durante años, negase una parte de mí misma, algo que convertí en un tabú. En efecto, como bien ilustra el título de este post, soy bisexual. Este 2016 ha sido bautizado por la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) como el Año de la Visibilidad Bisexual en la Diversidad y, desde hace unos meses, planeaba en mi cabeza la idea de salir del armario con vosotras. Aunque lo he ido retrasando, me alegro de que el artículo sobre el porno feminista me removiera y así, sincerarme y dar visibilidad a un colectivo que verdaderamente lo necesita.

PRIMEROS AÑOS Y ADOLESCENCIA

Desde muy pequeña, siempre sentí que algo me diferenciaba del resto o, más bien, de lo que se consideraba normal, es decir, lo heterosexual. Nunca tuve problemas para relacionarme con mis compañeros de clase, pero, sobre todo, a partir de los 13 o 14 años comencé a percibir que sentía cierta atracción tanto hacia los chicos como las chicas.

Durante los primeros dos o tres años, no le di mucha importancia. No sé vosotras, pero en mi grupo de amigas, a veces, nos liábamos entre nosotras y se mencionaba la palabra bisexual asociada a juventud, inconsciencia y vicio. Así, durante ese tiempo quise creer que lo que a mí me pasaba era una fase, un juego de cría.

Todo se complicó cuando con 17 años me enamoré de mi mejor amiga. Por aquel entonces, yo tenía un novio con el que llevaba unos meses y que estaba enterado de los besos que me daba con mis amigas. Para él, como para mí, era como un juego. Recuerdo que lo que empecé a sentir por ella crecía día a día y tras muchos meses de infierno (dudas, vergüenza, miedo a su reacción o a cómo afectaría a mi vida dejar claro que me gustaban las chicas), me armé de valor y se lo conté.

Las tres franjas de la bandera bisexual: Magenta (homosexualidad), azul (heterosexualidad) y en el medio lila (fusión de ambas)

Recuerdo perfectamente todo de esa tarde, hasta lo que llevaba puesto. Fui a su casa, como hacía la mayoría de los sábados, y le hablé de mis sentimientos. Su respuesta me hundió. Me llamó de todo (viciosa y enferma estaban dentro del pack) y me echó de su casa. Nunca más he vuelto a hablar con ella.

Todas sus palabras me afectaron muchísimo, pero hubo una en concreto que marcó los años siguientes: lesbiana. Durante mucho tiempo pensé que lo era. Recuerdo que, aunque no me encontraba cómoda con esa etiqueta (me seguían gustando los chicos), creía que simplemente era un intento desesperado de mi mente de rechazar la homosexulidad.

MI VIDA TRAS LA UNIVERSIDAD

Mientras todo eso ocurría en mi cabeza, yo llevaba una vida como heterosexual. De hecho, durante mi etapa universitaria no tuve ningún contacto íntimo con otra mujer y si alguna me gustaba, simplemente lo bloqueaba. No me permitía vivirlo.

Al finalizar los estudios y ponerme a trabajar, decidí que era el momento de hacer lo que me diera la gana. Al menos, dejé de reprimirme, pero como no me aceptaba, sólo hacía daño a los demás y a mí misma.

Negarme a mí misma me causó muchísimo sufrimiento

He tenido alguna relación seria con mujeres, tres en total, pero siempre acababan por mi irracional pánico a que me descubrieran. La última de ellas fue con la que es una de las personas que más quiero en este mundo, mi amiga Carmen. Ella me recomendó libros y me metió en su círculo de amigos, un mundo libre de prejuicios. Todo eso y lo que me dijo el día que lo dejamos: “está en tu mano ser feliz. Tú sabes quién eres, pero no lo aceptas y, así, lo destruyes todo”, sentaron las bases de mi proceso de cura interior, reivindicación de mi esencia y, por supuesto, aceptación de mi bisexualidad.

A día de hoy puedo deciros que soy feliz. Mi familia y amigos lo saben desde el verano pasado y la inmensa mayoría de las personas de mi entorno han reaccionado bien, aunque todavía soporte comentarios muy ofensivos que demuestran que, en realidad, no me aceptan. ¿Sabéis la diferencia entre saber una cosa y verla? Pues eso le pasa a mucha gente a mi alrededor sobre mi orientación sexual.

He aprendido muchísimas cosas durante este largo camino, pero la más importante es que todos tenemos derecho a definirnos como no dé la gana y a ser nosotros mismos. Al resto lo que le toca es respetar.

No suelo hablar mucho de música con vosotras, pero es una parte fundamental de mi vida, imagino que como de la mayoría de las personas. Por eso, hoy quiero finalizar con una canción de temática lésbica que, desde el principio (2013), me llegó muchísimo y me acompaña desde que fui sincera conmigo misma e inicié el camino de la autoaceptación y superación de mi propia bifobia:

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