rebecca.esDigo “pequeña sensación de estabilidad sentimental” porque jamás he sentido una mediana ni gran necesidad de ese equilibrio emocional, si me habéis leído anteriormente, sabréis de lo que os hablo.

A pesar de considerarme en un estado algo más “tierna” de lo habitual – creo que tengo que echarle la culpa a este asqueroso frío al que aún no me acostumbro -, no pienso cometer el error de llamar a un ex, que todos sabemos cómo acaba eso. Como mucho, dará de sí un polvo mejor o peor, dependiendo del grado de discusión que logremos alcanzar antes durante la cita – a saber, a mayor grado de discusión mayor temperatura en posición horizontal… o vertical -.

Por supuesto, también me niego a terminar en los brazos de cualquier hombre que intente ganarme con su apariencia de “galán protector de femeninas sensibles al frío capaz de ganarte con su detallismo exacerbado”. Mentira, no eres así aunque tú lo creas y aunque tu madre te lo repita dos veces al día.

Toda esta introducción para contaros lo que me ronda por la cabeza: el miércoles pasado tuve una cita digna de mención – imagínese con fuegos artificiales iluminando la pantalla, por favor-.

No diré su nombre ni su edad, pero debido a su atractivo físico consiguió convertirse en la motivación de mis masturbaciones de toda la semana, ¡chapó¡ por él. Pero como todo lo bueno, no podía durar. Desde ese mismo día, creo que la magia se rompió.

Le conocí en el Super de al lado de mi casa hace unos días. Es extraño conocer a alguien en un lugar así, lo sé, pero no siempre se puede tener glamour, ¿no?
No fuimos a coger el mismo pack de leche y nuestras manos se rozaron en un instante inolvidable, no, ni mucho menos. Simplemente, desapareció mi “carrito” con media compra ya elegida, y con mi correspondiente cabreo vi que, supuestamente por error, un tío en vaqueros – y un trasero memorable – se lo llevaba.

Predispuesta a decirle que abriera más los ojos, me acerque a él, pero al verle, sólo se me ocurrió quedarme callada y sonreír. Lo sé, absurdo, pero no fui capaz de ninguna otra reacción. Desde luego maldije haber salido con las pintas que llevaba al supermercado. Empezamos a hablar, que de labia tampoco está mal, y acabamos quedando para tomar algo el miércoles por la noche.

El miércoles cenamos en un restaurante ideal y en general todo iba perfecto, me reía con él y me excitaba a la vez, combinación inmejorable. Pero temo las perfecciones, mi experiencia me dice que acaba fallando algo que convierte ese gran momento en algo desastroso.

Dudosa de la existencia de algo tan “ideal”, aproveché su momento de “voy al baño, un segundo preciosa”, tomé prestado su móvil y le eche un rápido vistazo a su bandeja de entrada. Lo sé, está fatal, soy mala y cotilla, pero no pude evitarlo. El caso es que tuve tiempo suficiente para leer: “cariño, ¿te apetece que vayamos el niño, tú y yo al pueblo este fin de semana?“

¿Perdona? ¿está casado? ¿tiene un hijo? ¿la compra del super era para su suegra? Y ya que estamos, ¿de qué pueblo habla? En un momento me vinieron mil dudas y preguntas a la mente. Pero tampoco podía decirle lo que yo sabía.
Claramente, a partir de ahí mi carácter no fue el mismo durante el resto de la cena, y por supuesto, no le invité a una “copa” en mi casa.

Me despedí y me dijo que me llamaría. Así lo hizo, esta misma mañana. Tengo una llamada perdida que aún no he vuelto. Ha esperado casi 3 días, espera suficiente para que mi interés por él ascendiera y para no quedar como el típico cerdo cobarde que utiliza ese “te llamaré”.
Y aquí, sigo yo, teléfono en mano, preguntándome si darle una segunda oportunidad este fin de semana, y sutilmente indagar en el asunto.

Temo respuestas, pero, ¿tú lo harías?

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